jueves 26 de mayo de 2011

"VIEJOS ARBOLES: TESOROS DEL BIERZO"



                              Nidos de cigüeña en castaño

Es domingo, y madrugo un poco. Ayer, como es costumbre  en Semana Santa, cae la tormenta de rigor, y a mi me pilló bien. Tanto en Salas de la Ribera a media tarde, mientras cosía una oveja de un tajo que le dieron al esquilarla; como al atardecer en Sobrado, al desparasitar un pequeño rebaño al aire libre. Gajes del oficio, del trabajo en el campo.
Desde el portal veo que el tiempo se despeja, pero unos cúmulos de nubes no dejan salir el sol frente a Ferradillo, y hay mucha humedad en el ambiente. Me pongo una “zamarra” para el frío,  de colores llamativos, pues puede que algún cazador de rececho al corzo aceche por  el monte y me de un susto.
En el castaño que está frente a casa hay una pareja de jilgueros, junto a un nido del pasado año. A mediados de mes me sorprendo al  verlos  recogiendo de este nido material para el nuevo, que lo hacen en unos cerezos cercanos. Principalmente se llevaron los materiales que lo forran por el interior, dejando la estructura externa sin tocar. ¡Estos si que reciclan!
Ya en una ocasión pude observar como una pareja de  carbonero común le robaba musgo a un nido de mito, acarreándolo para el suyo situado en un agujero de un muro cercano. Terminaron  incluso deshaciéndolo por completo, ante los chillidos de impotencia que los pequeños páridos emitían frente a su primo mayor.
Mientras desato el perro, oigo las voces de unos abejarucos, una veintena posados en unos cables cercanos y que están con las plumas ahuecadas, por el  frío matinal, o tal vez con el temor de que lejos de salir el sol, sube la niebla del lago y aun hará más húmedo el ambiente. El “orballo”  es muy fuerte, y se ve bien por donde pasó un  corzo o un  raposo no hace mucho, pues queda el rastro marcado en las hierbas. También hay heces de erizo por el paso.
El canto de los ruiseñores oculta otras voces, pero se oye al cuco, torcecuello, torcaz, una curruca carrasqueña cercana y el tamborileo del picapinos. Voy por el centro de un camino carretero, no por veredas o sendas estrechas, donde suelo ir por costumbre. En esta época del año hay muchas garrapatas en las estepas, que ahora están en flor, y suelen esperar al paso de algún “animal” de sangre caliente para soltarse de la escoba y subirse al pelo o pantalón del transeúnte. Y bueno, todo mundo sabe que estos parásitos son muy peligrosos, no solo para el ganado y la fauna silvestre.
En zonas abiertas, antaño campos de cultivo y ahora llenos de matorral y árboles dispersos, además del  canto de los abundantes ruiseñores,  destacan  también las voces de verderones, pinzones, pardillos, jilgueros y verdecillos. No oigo triguero, aunque a principio de mes si lo vi en el valle del río Cabrera. Tampoco veo totovías correteando por algún descampado. Parece que cada año estas aves son  más escasas en este valle. Si observo a escribanos soteños moverse por el camino y varios mirlos merodear entre los majuelos,  espinos y los rosales silvestres ahora en flor. No ha llegado la curruca zarcera, ni la oropéndola, tampoco vencejos y no he visto ninguna culebrera este año. Se oye el canto de curruca capirotada y rabilarga, además del carraspeo de alguna curruca cabecinegra. Al pasar por un estrecho collado, llamado Sudafraga por los lugareños, con abundante vegetación, oigo el canto de chochín, petirrojo, acentor común y zorzal. Desde un montículo del “Cavorco do Barro” emite su reclamo  una perdiz. También les vi el blanco trasero  a dos corzos que salían  pitando hacia las  Valiñas. Hasta aquí no llega la niebla.

Cerca de la fuente de Fonrobello, oigo a un pito real moverse por un viejo roble. El perro se acuesta ya cansado a mi lado, así no me espantará las aves. Me siento en una piedra un poco, a observar el campo, pendiente del pájaro carpintero, y puedo admirar la cantidad de aves que acoge este viejo árbol; así como la avifauna en un cercano castaño que reverdece ahora, y en un encino de mediana talla no muy lejano.
                                  Pájaros forestales  

Está el roble con los primeros brotes, y aún deja que podamos ver a sus inquilinos. Merodean  por sus ramas, además del pícido, una pareja de mitos, un herrerillo común y  un mosquitero común. Aun no ha llegado el zarcero común, que suele alegrar el bosque con su algarabía. De las matas que salen en su pie, surge el estridente canto de un chochín, y se mueve entre la hojarasca  del suelo un mirlo. Pasan por su copa una pareja de escribanos montesinos, un verderón macho que silba un poco y luego una pareja de camachuelos. Llevo media hora inmóvil y son muchas las especies de aves que observo. Y es mas, en el cercano castaño, también maduro, oigo unos arrendajos, el arrullo de una torcaz y el canto de ruiseñor. En el encino está una pareja de reyezuelos listados,  al menos una curruca capirotada y se oye la voz de agateador común. En los árboles jóvenes que hay cerca apenas si se posan algunas aves, principalmente algún verdecillo o pinzón, pero no por mucho tiempo. Ahí no tienen cortezas rugosas o desprendidas, ni huecos donde rebuscar o anidar, y el follaje no es tan tupido. Proliferan ahora plantaciones de frondosas, como robles y cerezos, pero que no van a llegar a árboles añejos. Es una forma de “aprovechar” los antiguos prados, ya que no hay “diente doméstico” que los paste. 
Tenemos mucha vegetación actualmente en El Bierzo, pero cada vez son  menos los árboles viejos o maduros. Esos árboles que llenan el suelo de humus, que cobijan en sus huecos a infinidad de aves y otros animales, y que bajo sus cortezas tienen el alimento para muchos habitantes de nuestra fauna. Hay un refrán que dice que “los árboles no nos dejan ver el bosque”. Pero pienso que la abundante floresta que ahora nos rodea, no nos deja ver o echar de menos, los árboles que ahora nos faltan. En concreto, la falta de árboles viejos.

            En Carucedo han desaparecido los grandes olmos de todas las   plazas, varias de las retorcidas morales o moreras, el “xardón del concello”, y muchos de los viejos castaños y nudosos chopos del país que rodeaban el pueblo.  Incluso se han arrancado antiquísimos  olivos, bien para despejar plazas, como ocurrió en el Sagrado de la iglesia de Carucedo; o para adornar jardines en los alrededores de la gran urbe. Por el entono, cabe recordar otros árboles desaparecidos, como el legendario árbol del amor de Pombriego, e incluso un magnolio grandioso en Vilela.
Aun quedan  frondosos nogales por la comarca, pero no como los de antes. Solo recuerdo ver un viejo nogal, a mediados de los 80 en La Faba, y que ya estaba vendido. Dicen los paisanos, que en el pueblo de Voces cortaron algunos “conchales” que tenían que sacar del valle hasta con tres parejas de bueyes. Algo parecido describen en Benuza , donde aun hay muchos “nogueiros”, pero de media talla. Están muy buscados para ebanistería.


                               Tesoros perdidos del Bierzo

           En mi municipio aun  pervive el abedul de Os Vales, el acebo de A Garganta, el laurel de Balouta, los encinos del San Juanín y  algún  roble de la Devesa de Dones, cerca de Las Médulas. Son abundantes los grandes alcornoques de Lago, Villarrando y Campañana. Y aun nos quedan algunas moreras por el entorno. No están muy lejanos los tejos de Ferradillo, los antiquísimos  robles de Llamas de Cabrera o el ciprés de la herrería de Pombriego.
Hay un bosque maduro digno de destacar, el Parmo, que mantiene algunos viejos encinos y madroños, y sobre todo a los “Zufreiros del Frade”, los  más viejos alcornoques de esta parte de la península. Un bosque típico mediterráneo, poco estudiado y digno de proteger. Solo mencionar, que por la parte de Galicia es Parque Natural, “La Sierra de La Encina de La Lastra”, donde destacan unos enormes encinos en el pueblo de Covas.
Otro bosque, mucho mas conocido, es el famoso  soto de las Médulas, con sus “castaños bravos”  y los tocones centenarios de los “castaños injertos”; es otro ejemplo cercano de  bosque  atlántico o continental. Pero hay muchos mas sotos de castaños por la comarca, mezclándose con tupidos rebollares. Y  de otras especies singulares,  como en el pueblo de Yebra, donde un bosquete de  almez le da un cierto aire exótico a este recóndito valle de La Cabrera. Y cabe señalar el bosque de loros y laureles que aun perduran en el valle hacia Fornela, reliquias de otra época, curiosamente en una cuenca minera.

 Por la comarca sobresalen algunos árboles ornamentales, a veces gracias a la encomiable labor que algunas asociaciones conservacionistas están realizando, cabe destacar a La Morteira, que nos pone sobre aviso de los peligros que corren el tejo de San Cristóbal, el castaño de Villar de Acero, el encino de Otero, o el ciprés de La Anunciada. Árboles legendarios, leyendas vivas de la naturaleza de El Bierzo y que debemos conservar. Y no solo por cuestiones estéticas, genéticas o paisajísticas, sino por la función vital que los bosques y árboles maduros realizan en los ecosistemas naturales.


Pienso en un artículo que mandé a Quercus hace años, donde literalmente escribía: “Las últimas normas de la P.A.C., respecto a la condicionabilidad del Pago Único por explotación., obliga a agricultores y ganaderos a unos requisitos legales de gestión y de buenas prácticas agrarias y medioambientales. Su ámbito de aplicación se extiende a medidas de protección de aves, de hábitat, de aguas, de fauna y especies vegetales protegidas, de preservar la materia orgánica del suelo, de evitar residuos, tanto ganaderos  como fitosanitarios… Incluso, obliga a preservar algunos árboles viejos por hectárea, que sirvan de refugio y lugar de nidificación de la avifauna, así como la conservación de lindes, bosques de ribera, etc”. Con estas medidas, especies de aves como torcecuello, gorrión molinero, abubilla, paloma zurita, autillo, mochuelo y algunas  más que están en franca regresión, verían mejoradas sus poblaciones. Todo muy positivo a nivel conservacionista, pero que al parecer solo se desarrollan sobre el papel, puesto que quien mas incumple es la administración. Solo recordar las cortas a “matarrasa” que se realizan en muchos bosques galería por parte de Confederación, o las concentraciones parcelarias que eliminan los viejos setos y linderos de fresnos.


Sigo el camino ya de vuelta, y observo como gorriones y estorninos se disputan los escasos agujeros que hay en las edificaciones. Estas aves, junto con las lavanderas y colirrojos, no encuentran muchos huecos en las reformadas edificaciones de los pueblos. Este año restauraron un antiguo caserón en el barrio de A Fonteiña, y una colonia de gorriones comunes perdió sus nidos, dispersándose por el barrio y buscando huecos donde pueden. Bajo el alero de casa de Braulia, una pareja de pardales le disputa el nido a una pareja de  avión común, que antes de acabarlo ya tuvieron que empezar otro. Se ven los dos nidos contiguos, uno con el agujero cerrado, y el otro descolgándole material por la abertura más grande e inacabada.
Un milano negro recorre la carretera a Las Médulas, en busca de alguna carroña, generalmente la de un sapo, antes de que llegue la afluencia de turistas de este día, Domingo de Resurrección.
 En una torre eléctrica, a la vista de casa,  hay un ratonero con el plumaje enhiesto, esperando tal vez a que el sol salga y elimine la humedad  que le agarrota. Dos urracas lo acosan por abajo, muy cerca tienen su nido.
Aun siguen dos abejarucos posados en las ramas secas de un castaño, con el plumaje erizado, como tratando de eludir que la niebla que ahora se disipa les moje. ¡De fotografía! Otros del grupo ya dan los primeros vuelos sobre la alta hierba, a la captura de los escasos himenópteros.
Al subir las escaleras de casa, oigo la voz de las culebreras. Una pareja merodea en círculo sobre el tejado, parece su carta de presentación. Tienen la pluma algo desmejorada, como huecos en las alas. ¡Necesitan un buen baño!  Otros años ya estaban aquí a  mediados de marzo, pero en el presente ya se ve, a últimos de abril. A partir de ahora es fácil que su observación sea cotidiana hasta el otoño. Arrulla una tórtola en los castaños de A Barranca, es también la primera del año.

Por la tarde, en Magaz de Abajo, me sorprenden unos pollos volantones de jilguero, escondiéndose  por el frondoso jardín de  casa de mis cuñados, donde fuimos a festejar la Pascua. En la zona de Carucedo aun se ven las parejas juntas, o bien con material para el nido, y aquí observo a cuatro pollos reclamando con su peculiar “chivii” la pitanza a sus progenitores, que se afanan por apañar semillas de diente de león para llenarles el buche. En la chopera aledaña canta una oropéndola. Es curioso, como cambia la fenología de un valle a otro cercano, aun dentro de la misma comarca.
            Al lado, en un viejo nido de urraca, está criando un cernícalo vulgar. El macho caza en una cercana tierra arada, cerniéndose en busca de algún ratoncillo, abundantes este año por cierto, y vemos como acude al hogar para llevarle a su pareja la comida. El nido está en una gran pícea de jardín, a veinte metros de la ventana de la cocina que nos sirve de “hide”. Los viejos árboles acogen mucha vida.

Fdo :Alfonso Fernández Pacios
C.P:24442-Carucedo-LEÓN
e-mail: alferpa23@gmail.com 












1 comentarios:

becacin dijo...

Ojala hay mas gente como tu que luche por su tierra y sus tesoros!!
Animo y buen trabajo!!