Hace unas semanas, mientras circulaba por Fuentes Nuevas, veo en una tierra arada al estilo de las antiguas sementeras, a un pequeño bando de grajillas que buscan su sustento junto a un grupo de palomas mundanas. Paro el coche y observo con los prismáticos como las grajillas vigilan el entorno mientras las palomas se alimentan mas tranquilas. Junto a ellas corretean una pareja de cogujadas y dos lavanderas blancas entre los terrones. Estas observaciones me retrotraen a un pasado lejano en Carucedo, cuando aun se sembraban los campos, y grandes bandos de estas aves se alimentaban de los restos de las cosechas.
Vuelvo pues a mi infancia, cuando muy de mañana iba a la escuela por la carretera que cruza el pueblo, y me pasaban al lado un numeroso bando de grajillas. Silenciosas llegaban desde el naciente y siempre recorrían el mismo camino, por una vía aérea para mi imaginaria. Aparecían por El Areal, a la derecha de casa de Restituto, se dirigían por debajo de A Fonte hacia la torre de la iglesia, enfilaban entre los negrillos del barrio de La Aldea, sobrevolaban el de A Cabana, franqueaban el gran nogal del Meirobello, pasaban junto a los enormes chopos del Plantío, por debajo de la escuela, y transitaban por la orilla sur del lago en dirección a los riscos de Peñarrubia, donde algunas anidaban. Así durante lustros, y la hora de paso en función de la época del año. Al atardecer hacían el recorrido inverso, aunque no por el mismo trayecto, sino que pasaban más cercanas a las colinas que protegían el pueblo de frío norteño.
A medio día, junto a bandos enormes de palomas bravías, se acercaban a las tierras de labranza de Carucedo y se distribuían por los sembrados en busca de su sustento. Yo recuerdo a ver esos grandes bandos desde la ventana de la cocina de casa de mis padres, que está cerca de las huertas de La Pradería. Siempre había alguna grajilla de vigía desde lo alto de un término, poste o mojón. Si llegaba un ave de presa solía cazar alguna paloma, pero nunca vi que atraparan una grajilla. Las dos especies anidaban en los cantiles del gran río berciano, y a decir de los mayores, los que conocieron la comarca antes de los pantanos que nos rodean, en las cuevas cercanas a la central eléctrica de Cornatel lo hacían a miles. Aun recuerdo ver volar frente a estos cortados calizos a nutridos bandos de palomas.
Un verano estudié una colonia de grajillas en Pena Abelleira, allá a principios de los ochenta. Puede que influenciado por la lectura de Konrad Lorenz, uno de los autores que más medió en mis aficiones por los animales, pues siempre me interesó mucho el comportamiento animal. En esta antigua cantera, tan frecuentes en nuestra geografía, anidaba una pequeña comunidad de grajillas, disgregadas del gran grupo de cría que tenían en los cantiles de Peñarrubia y Villardesilva su cuartel general. También había otro grupito anidando en una cueva de las Médulas, cerca de As Valiñas, donde compartían agujeros con las ahora desaparecidas palomas bravías, tan abundantes en aquella época. Algunas ocupaban nidos en la cueva de La Palombeira, cerca del barrio de Balouta, aledaño a Las Médulas. Y otras pocas en los precipicios del castillo de Cornatel, ocupando huecos en las almenas medio derruidas de este romántico fortín.
Frente a la cantera abandonada monté una “cabaña” con ramas de brezo, escobas y carrascas, y allí me pasé muchas horas de aquel verano. La verdad es, y ahora me doy cuenta, que lo que hacía era comprobar lo que el prestigioso etólogo había descrito de una colonia que él había mantenido en el desván de su casa. Para mi fueron momentos muy felices, pues disfrutaba en pleno de la naturaleza, aunque en aquella época, como ya he dicho en algún artículo de este blog, casi no podías decirle a nadie lo que hacías, ¡que te dedicabas a estudiar pájaros!
Recuerdo que cerca de la colonia de doce grajillas, había un nido de lechuza en el cortado calizo. También anidaba colirrojo tizón, gorriones chillones y una pareja de cernícalo vulgar. He vuelto en posteriores años por este cantil llamado de Pena Abelleira, ¡por ver si anida búho real!
Otra experiencia que tuve con estas aves, fue un individuo que cogí herido y que mantuve un tiempo en la terraza de mi casa, junto al águila “currita” y el cuervo “rufo”. Era muy esquiva, y te picaba por menos de nada. El cuervo no, incluso se dejaba coger y acariciar, al igual que el ratonero. Un día desapareció, puede que por la creencia de que eran pájaros de mal agüero, un modo de pensar muy arraigado de aquella entre nuestros padres y abuelos.
Años mas tarde, la mayoría de las aves que formaban aquel gran bando viajero desaparecieron, eran muy pocas las que quedaban. Decían de aquella que les habían explosionado los dormideros con “barrenos” y que acabaron con gran parte de la población. A todos los vecinos les extrañaba que las antaño abundantes “chollas”, fuesen tan escasas en aquel momento.
A principios de los noventa, cuando yo salía de ruta en mi trabajo de veterinario rural, solía llevar al lado, a eso de las nueve de la mañana, a un grupo de veinte aves. Acomodaba mi velocidad a la del bandito y llegué a verlas llegar a los cantiles de Peñarrubia y Pardollán, por donde merodeaban todo el día.
Pocos años más tarde ya solo viajaban una decena de individuos. Algunos días se quedaban por las huertas de Carucedo, y se las veía rebuscar comida entre los campos cercanos al lago, llamados A Veiga, pero curiosamente nunca en sus orillas.
Actualmente, las grajillas han dejado de hacer ese recorrido ancestral. Parece que esta especie se limita a sobrevivir en las grandes ciudades y en sus arrabales. Recuerdo cuando estudiaba en León a verlas por la catedral, en otros emblemáticos edificios y también a frecuentar los puentes de las grandes autovías, donde suelen anidar. Incluso edificios y puentes viejos, que aun mantienen huecos donde guarecerse. En un barranco que cruza un puente de la antigua N-120, situado entre Sobradelo y Barco de Valdeorras, siempre se veían grajillas posadas en los pretiles, muy cerca del paso de los coches.
Hace unos meses, en abril, me pasé media mañana apostado en la plaza de San Marcos, en León, viendo a las grajillas ya emparejadas buscar y defender huecos o repisas de este enorme y majestuoso edificio frente a palomas mundanas - que no bravías- que competían con ellas; como hacían en otro tiempo en los cortados del Sil.
En esos días primaverales, en media hora de asueto del Curso de Auditorías en la vieja Facultad de Veterinaria, me acerco hasta el parque de Papalaguinda, y observo a una grajilla buscando comida por la zona de juegos de los niños. Sube hacia un chopo con algo en el pico, y una urraca la persigue. En los altos edificios del barrio de San Claudio está otra grajilla emitiendo su reclamo. Parece que esta comunidad de aves aun pervive en las ciudades, donde no se consideran “especie en peligro”.
También pude observar en Villadangos del Páramo, mientras visito la charca artificial que ahora es de gran importancia en riqueza de aves acuáticas, como merodean por los alrededores del pueblo un grupo de grajillas. En principio parecía que solo había grajas, pero la voz de las “chollas” me alertó, y pude contemplar a estos simpáticos córvidos volando entre sus primos mayores. Prestando atención a las colonias de cría de las grajas, se puede ver a las grajillas anidando en viejos nidos, formando parte de la gran colonia que pervive casi en el centro del pueblo.
Las grajillas demuestran sus dotes aéreas sobrevolando las torres y edificios de la gran urbe, pero raras veces se posan en el suelo. No se muy bien donde pueden buscar su sustento en las ciudades, aunque las veía en el antiguo vertedero de León, junto a cigüeñas, milanos, estorninos, grajas y gaviotas. Ahora que ese tipo de vertederos no existen, no tienen fácil la búsqueda de comida. Por los campos sembrados en el Páramo se suelen observar a grajas y cornejas, pero no grandes bandos de grajillas que tendrían que alimentarse por estos parajes y usar la ciudad como zona de cría y dormidero. Sería lo propio de la especie. Puede que en la zona de Los Oteros se observen más las grajillas. En algunas ocasiones las he visto desde el coche merodeando por palomares abandonados.
En el Bierzo, las grajillas frecuentan las almenas del remozado castillo de Ponferrada, en las paredes del Monasterio de Carracedo y en el campanario de la iglesia de La Encina. Las he contemplado en Bembibre bajo los puentes de las carreteras, y merodeando por los arrabales de la villa. No suelen verse por zonas rurales, salvo algún grupo aislado por campos de cultivo aledaños a la ciudad. En las pasadas fiestas de La Encina, desde el Parque de El Temple pude ver pasar sobre el gentío un bando de unas cuarenta grajillas que volaban hacia el castillo. ¡Lo mejor de las fiestas!
Al faltar de nuestro medio rural este córvido, su espacio lo han ocupado las cornejas, es fácil ver a una familia estas aves en medio de pueblos, donde la escasa población humana las permite merodear entre los huertos y jardines, buscando la oportunidad de coger alguna pitanza que en otras épocas eran propias de sus primos mas pequeños.
Otras aves han menguado sus poblaciones en nuestros campos, sobre todo en esta zona del Bierzo Oeste. A las en otras ocasiones mencionadas cogujadas, palomas zuritas y mochuelos, se unen gorrión molinero, gorrión chillón, triguero, lavandera boyera, totovía, chova piquirroja, autillo, collalbas y alguna ave más de campos abiertos.
Parece que las abubillas tienen un ligero repunte en su población, pues este año se han visto varias. Asimismo se nota un aumento de aves forestales, como gavilán, abejero europeo, zorzales comunes, palomas torcaces, petirrojos, curruca cabecinegra, pico picapinos y arrendajos.
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